lunes, 12 de septiembre de 2011

Meditación del 11 de septiembre del 2011

11-09-11. DOMINGO XXIV.
Eclesiástico 27, 30; 28, 1-7.

NO GUARDES RENCORES

Mons. Pedro Agustín Rivera Díaz

El fragmento del Evangelio que corresponde a este domingo, ya lo meditamos en otra ocasión (11-08-11. Mt 18, 21-35.), por lo que pongo la reflexión íntegra al final y hoy aplicamos la Lectio Divina a la primera lectura del día.

Primera Lectura: Eclesiástico 27, 30; 28, 1-7. Cosas abominables son el rencor y la cólera; sin embargo, el pecador se aferra a ellas. El Señor se vengará del vengativo y llevará rigurosa cuenta de sus pecados. Perdona la ofensa a tu prójimo, y así, cuando pidas perdón, se te perdonarán tus pecados. El que le guarda rencor a otro, ¿le puede acaso pedir la salud al Señor? El que no tiene compasión de su semejante, ¿cómo pide perdón de sus pecados? Cuando el hombre que guarda rencor pide a Dios el perdón de sus pecados, ¿hallará quién interceda por él? Piensa en tu fin y deja de odiar, piensa en la corrupción del sepulcro y guarda los mandamientos. Ten presente los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo. Recuerda la alianza del Altísimo y pasa por alto las ofensas.

LEER. El autor del libro del Eclesiástico o Sirácide nos invita al perdón y nos exhorta a otorgarlo aduciendo cuatro argumentos: El rencor es malo y ha de rechazarse, ¿cómo pedir lo que no quiero dar?, ¿Qué será de mí cuando muera? y el amor a Dios.

MEDITAR: En las lecturas dominicales el tema de la primera lectura hace relación al Evangelio. Por lo regular es tomada del Antiguo Testamento, con excepción del tiempo Pascual, que junto con la segunda lectura es tomada del Nuevo. Hoy tanto la lectura del Sirácide, como la del Evangelio hablan del perdón.
Los psicólogos señalan que el rencor es como un veneno o fuerza negativa que obstaculiza la felicidad de quienes lo conservan y por lo mismo conviene rechazarlo. Como podemos constatar, esto coincide con las enseñanzas bíblicas.

El primer argumento del Sirácide, es de reciprocidad y prácticamente de justicia, porque me lleva a reconocer que yo también ofendo, aún sin querer y esto me hace necesitado de tener que pedir perdón. ¿Cómo pedir lo que no quiero dar?

El segundo argumento lo encontramos contenido en el “Padre nuestro”: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Perdonar, reconociéndome necesitado de ser perdonado.

El tercero nos recuerda lo efímero que es la vida, para hacernos conciencia de que todo pasa y que lo mejor es disfrutar de la vida y de las personas “hoy”, en lugar de quedarnos aislados a causa de nuestros odios o resentimientos. Cuando la persona a la que no perdono muera o sea yo el que muera, ya nada se podrá hacer, por eso: perdona “en vida hermano, en vida”.

El cuarto argumento es el fundamental, pues se centra en la Alianza con Dios, es decir, en la presencia de Dios en la vida del creyente. Presencia de la que tenemos que estar muy pendientes, por lo que debemos evitar todo aquello que nos pudiera distraer o separar de la unión con Dios.

ORAR: Señor enséñame a perdonar pues quiero ser feliz, estando continuamente pendiente de Ti. No quiero que nada obstaculice la visión de amor que debo tener hacia mis hermanos, amándolos en tu nombre. También te pido que no permitas que ninguna nube de odio o resentimiento, me impidan experimentar la grandeza de tu amor por mí y por todos.

CONTEMPLAR: La fe y la ciencia se unen en aquello que es verdadero y hace bien al ser humano. En el caso del perdón, además de los argumentos razonables y psicológicos que pudiéramos aducir para vivir sin odios o resentimientos, la fe nos proporciona no sólo el mejor argumento sino la misma fuente del perdón: DIOS QUE ES AMOR.

Lo que podríamos considerar como un elemento necesario en las relaciones humanas: el perdón, la realidad nos dice que con frecuencia no se vive y de ahí la causa de males como la guerra, la violencia, los asesinatos.

Que importante es reconocer que el perdonar es una actitud divina, pues Dios está siempre dispuesto a perdonar al pecador arrepentido e incluso al que no se arrepiente, pues es paciente y rico en misericordia. Sin embargo vale la pena recordar lo que dice san Agustín: “Aquel que te creó sin ti, sin ti no te salvará”.

Dios nos ofrece al Redentor y Jesús se encarna para ofrecerse al Padre, no sólo darnos su perdón y con él rescatarnos, sino que también viene a enseñarnos cómo perdonar: para ser libres, para ser felices, para amar. Jesús otorga el perdón infinidad de veces durante su vida, muchos ejemplos los encontramos en el trato con sus apóstoles y contemporáneos.

Las situaciones de rechazo, de pobreza, de migración, etc., que Jesús vive desde su infancia podrían haber hecho de Él un desadaptado social, resentido contra el mundo, contra las personas y contra Dios, pero no ocurre así. Nos encontramos con que Jesús es alegre, afable, integrador, formador de comunidad; que vive tendiendo puentes de reconciliación con todos y con su Padre Dios. Jesús incluso entra en diálogo con quienes le persiguen.

Porque nos ama, Jesús se hace hombre para otorgarnos su perdón y así redimirnos. Con su vida, Jesús, nos enseña que es posible perdonar y ser feliz. El Señor Jesús, incluso en la Cruz, antes de morir, pide por el perdón de los pecados de la humanidad y de aquellos que en ese momento lo están asesinando.

Jesús es libre y feliz, porque perdona, porque ama, porque siempre está unido a su Padre Dios. Con su palabra y con sus acciones, nos enseña a perdonar.

¿Tú, perdonas o vives esclavizado al odio y al rencor? ¿Tú te dejas perdonar por el amor de Dios o sigues arrastrando odios y resentimientos contra ti mismo? ¿Tú, te reconoces perdonado por Dios o aún dudas de su amor? ¿Tú, guardas algún resentimiento contra Dios?

ACTUAR: Entra en tu corazón y sé sincero contigo mismo. Date cuenta que guardar rencores no te ayuda. Haz un examen profundo de tu vida, anota los pecados, las personas y las situaciones que necesitan de tu perdón y del perdón de Dios. Busca la oportunidad de confesarte pronto. También, en un ambiente de oración, quema la lista que hiciste y al tiempo que le pides a Dios que te perdone, dile que estás dispuesto a perdonar.

NOTA: Ya sé que vas a decir que no tienes tiempo para orar, ni para confesarte, que cuando has ido a buscar al sacerdote no lo encuentras, que está ocupado o la fila es muy grande. Reconoce que esos pretextos no te ayudan a ser feliz. Si en lugar de hacer fila para confesarte, tuvieras que estar en la línea de los que van al estreno de una película, a ver a un artista o a un partido de fútbol, seguramente que pasarías horas. No te detengas, acércate a pedir perdón y hasta experto en el arte de perdonar. Se feliz, déjate amar por Dios.

También sé que podrías decir: “es que me da mucha vergüenza” Claro, como decía un confesor: ¡la vergüenza que se te quitó al pecar, se te acumula cuando te quieres confesar!”. No te detengas, Dios quiere tu felicidad y otorgarte su perdón, ¡para que puedas perdonar!, ¡para que tengas paz en tu corazón!, ¡para que seas feliz!

Que todos te conozcan y te amen es la única recompensa que quiero. M. María Inés Teresa Arias.



LA LECTIO DIVINA SOBRE Mt 18, 21-35.
11-08-11.
JUEVES XIX. Mt 18, 21-35.

Perdonando en el nombre de Jesús

Mons. Pedro Agustín Rivera Díaz

Evangelio: Mateo 18, 21-35. En aquel tiempo, Pedro se acercó a Jesús y le preguntó: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?» Jesús le contestó: «No sólo hasta siete, sino hasta setenta veces siete». Y les propuso esta parábola: «El Reino de los cielos se parece a un rey que quiso ajustar cuentas con sus empleados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que le debía mucho dinero. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, para saldar la deuda. El empleado, arrojándose a sus pies, le suplicaba, diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. El rey tuvo lástima de aquel empleado, lo soltó y hasta le perdonó la deuda. Pero, al salir, aquel servidor encontró a uno de sus compañeros que le debía poco dinero. Entonces lo agarró por el cuello y casi lo estrangulaba mientras le decía: “Págame lo que me debes”. El compañero se le arrodilló y le rogaba: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Pero el otro no quiso escucharlo, sino que fue y lo metió en la cárcel hasta que le pagara la deuda. Al ver lo ocurrido, sus compañeros se llenaron de indignación y fueron a contar al rey lo sucedido. Entonces el rey lo llamó y le dijo: “Siervo malvado. Te perdoné toda aquella deuda porque me lo suplicaste. ¿No debías tú también haber tenido compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, encolerizado, lo entregó a los verdugos para que no lo soltaran hasta que pagara lo que debía. Pues lo mismo hará mi Padre celestial con ustedes, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

LEER. Recordemos que el pueblo de Israel se regía por la Ley del Talión: “ojo por ojo y diente por diente”, que de alguna manera se asemeja “al que me la hace, la paga”. En el fragmento del Evangelio de hoy, San Pedro le hace una pregunta al Señor Jesús sobre cuántas veces debe perdonar a quien nos ofende. El mismo san Pedro se adelanta a la respuesta, quizá en espera de una felicitación y hace una segunda pregunta “¿hasta siete veces?”. Jesús se pone a la altura de su respuesta y le responderá también numéricamente y le dirá que “setenta veces siete”.

MEDITAR: Dado que el “siete” para los judíos significa plenitud, la respuesta de Pedro parece acertada: Para el cristiano, la respuesta del Señor Jesús, “numéricamente” pone más alto la “cuota” del perdón, sin embargo, el perdonar no se trata sólo de lógica, de conveniencia o de números. Para Jesús, el perdón es una acción que nos debe poner a la altura de Dios y para ello contamos con su Gracia. Jesús se hace hombre para elevarnos a Dios; por eso el perdón cristiano es un aporte a la humanidad, pues en primer lugar el perdón, a cada uno, nos llega de Dios y el perdón que recibimos, lo compartimos con los demás. El ejemplo más claro lo tenemos en el Sacramento de la Reconciliación. Confesamos nuestros pecados. Dios nos perdona y retomamos nuestras actividades y relaciones, renovados en el perdón y en el amor de Dios, dispuestos y capaces de perdonar a quien nos ofendió o hizo daño.

Esta forma de actuar de Dios, no la conoce ni acepta, quien no ha experimentado el amor y el perdón de Dios.

ORAR: Señor Jesús. Tú me conoces y sabes lo que llevo en mi corazón. Desde hace tiempo, me acompaña el recuerdo de las acciones equivocadas que he realizado o en las que he participado. Perdóname y enséñame a perdonar.

Señor Jesús, también algunos odios y resentimientos me acompañan, algunos desde los primeros años de mi vida. En tu nombre quiero perdonar a los que me han ofendido o me siguen agrediendo.

Sabiendo que la gracia plena de tu perdón me lo das en el Sacramento de la Reconciliación, a manera de preparación para ella, en este momento, habiendo hecho el repaso de tu vida, de tus pecados, odios y resentimientos: Sentado(a), pon la mano en tu corazón, cierra los ojos, ponte en la presencia de Dios y dile. Padre en el nombre de Jesús, dame tu perdón y la capacidad de perdonar. Quiero ser libre para amar y perdonar, por eso: En el nombre de Jesús perdono a _____ <(puedes pensar en esa(s) persona(s)>. Deja que tu corazón, se vacíe de odios y resentimientos. Experimenta la paz que hay en tu corazón cuando dejas que Jesús perdone en ti a quienes sientes que te han ofendido.

Habiendo concluido este momento de oración, dale gracias a Dios por la Gracia recibida. Haz conciencia de cómo te sientes y vuelve a tus actividades diarias, con el propósito de pronto confesarte y con el deseo de compartir la paz y el amor que Dios te da.

CONTEMPLAR: La psicología reconoce la importancia del perdón y para ello nos señala una serie de conveniencias, desde la propia salud física y psicológica hasta lo necesario para tener buenas relaciones humanas. La fe nos sitúa en un plano superior. Dios nos perdona de nuestros pecados y ofensas y nos ofrece Vida Nueva y Vida Eterna. Es decir: la felicidad en esta vida y su plenitud, la Vida Eterna. El perdón que podemos otorgar parte de haber experimentado personalmente el perdón liberador de Dios. Tenemos que ser testigos del perdón de Dios. Somos perdonados y debemos perdonar. Reconciliados con Dios y reconciliadores, al estilo de Jesús.

Ciertamente guardar odios o resentimientos me aísla de personas que son significativas para mí. Aunque yo no me dé cuenta o no lo quiera reconocer, el no perdonar me frustra y genera resentimientos e incluso pensamientos de muertos para mí o para la(s) persona(s) que siento me hicieron daño.

Señor quiero amar y perdonar como Tú, para ser feliz. Señor dame tu amor y perdona mis pecados. Jesús, dame tu perdón y enséñame a perdonar como Tú. Yo sin Ti, no puedo nada, yo Contigo lo puedo todo. Quiero vivir convertido a Ti. Dame tu perdón y amor, que eso me basta.

Nuestro perdón siempre será limitado, pero si lo recibimos o lo ofrecemos en el nombre de Jesús, notaremos la diferencia, porque abriremos nuestra vida a la Gracia de Dios. El amor de Jesús estará en nuestro corazón, perdonándonos y enseñándonos a perdonar.

Quién está enfermo de odios y resentimientos, está como Lázaro en el sepulcro, atado e imposibilitado para vivir, amar y caminar. La presencia de Jesús le devolvió la vida, el amor y el caminar. Así también el pecado, el odio y los resentimientos me tienen imposibilitado(a) para vivir, amar y caminar. Señor Jesús, manifiéstate en mi vida y sácame del sepulcro del pecado y del resentimiento para tener la vida nueva que con tu perdón, Tú me das.

Para vivir en plenitud no necesito de odios o resentimientos, de hechos, ellos me estorban para ser feliz, pues son una barrera que me impide experimentar el amor de Dios. Le pediré a Jesús que me perdone para que yo experimente, que para mi plena felicidad, sólo Dios basta.

ACTUAR: En oración entraré a mi corazón y revisaré las cosas que he hecho y han lastimado a otros y en oración le pediré perdón a Dios. Haré también una lista de los hechos y  personas que considero me han hecho daño y en oración, en el nombre de Jesús les otorgaré el perdón.

Lo anterior es bueno, pero lo mejor es que acudiré con un sacerdote, me confesaré y arrepentido(a), expresaré mi deseo de recibir el perdón de mis faltas, errores y pecados y de perdonar a los que, me han ofendido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario